Con los ojos abiertos


yourcenar[lang_es]La revista ESTAR reproduce para sus lectores un extracto de la obra Con los ojos abiertos, una larga conversación de Mathieu Galey con Margarite Yourcenar. (Ed. Plataforma) Marguerite Yourcenar (Bruselas, 1903 – EE UU, 1987) fue novelista, poeta, dramaturga y traductora en lengua francesa y la primera mujer que entró en la exclusiva Academia Francesa. Inició su carrera literaria en 1929, con su novela Alexis. Pero sus obras más importantes fueron Memorias de Adriano y Opus Nigrum.

Matthieu Galey, periodista de L’Express, consiguió que Marguerite Yourcenar realizara una serie de entrevistas que la autora revisó cuidadosamente y firmó con su nombre. En ellas lanzó una mirada lúcida y penetrante sobre su vida, el mundo de la literatura y otros temas de actualidad. Esos recuerdos y opiniones son ahora editados por Plataforma Editorial.

Descárgate aquí­ este artí­culo de la Revista ESTAR

Hay en Alexis un tema que me parece muy importante, porque reaparece con frecuencia en otras obras, y es la distinción que usted hace, o mejor dicho que él hace, entre el placer y el amor.

Sí­, es verdad. Reaparece en Adriano, aunque en su caso, vence su destino de amante. Es un hombre de innumerables experiencias carnales, que tuvo ya tarde el flechazo del amor. Esto no es raro, se puede decir que se observa en numerosas vidas, pero debemos contar también con lo que yo llamo las «partes de vida oscura», que creo necesarias en toda novela larga. El Adriano adolescente, el Adriano de los ejércitos (pienso en ese amigo del cual nos habla «arrastrándose sobre sus piernas ensangrentadas»), ha amado seguramente. Ha amado, o por lo menos ha tenido una gran inclinación por las mujeres jóvenes que han sido sus amantes entre los veinte y los treinta años, como él mismo confiesa. Luego reconoce que a esos amores les llegaron el olvido y el escepticismo… Sin embargo, cuando Adriano envejece –tiene cuarenta y siete años–, encuentra a Antinoo, tiene sin duda muy pronto, con vací­os y bajas de nivel en la emoción que él mismo reconoce, el sentimiento de un encuentro único, que la muerte va a sellar más tarde. Además deberí­amos hablar de los momentos de cansancio del dolor, en los que Adriano se siente «hechizado» por ese recuerdo y sufre por ello. Aquí­ harí­amos una distinción entre placer y amor por pobreza del lenguaje. Hay sin duda una fusión entre los dos.

En Alexis, creo que esta distinción era, en especial, una reacción muy fuerte contra la cantinela francesa del amor, que siento, sigo sintiendo, que suena a falso. Los franceses han estilizado en cierto modo el amor, han creado cierto estilo, cierta forma del amor y luego han creí­do en ello, se han obligado a vivirlo de cierta manera, cuando lo hubiesen vivido de una manera totalmente distinta si no hubieran tenido toda esa literatura detrás de ellos. Sólo en Francia, creo. Franí§ois de La Rochefoucauld pudo decir que «hay mucha gente que no hubiera amado si no hubiese oí­do hablar de amor». Creo que eso no tiene ningún sentido aquí­, ni quizás en muchos lugares del mundo. No ocurre lo mismo en Francia porque todo el mundo está expuesto a esa noción literaria de amor, emoción, sensualidad, celos, ambición, es decir, el deseo de tener éxito con una mujer; o sea, el amor a la francesa, que va de Andrómaca a la La educación sentimental. Hay muchas convenciones.

Alexis se esfuerza por no mezclar los sentimientos. Primero hay que saber lo que se entiende por amor. Si se entiende por amor la adoración de un ser, la convicción de que dos seres están hechos el uno para el otro, que se corresponden por cualidades en cierto modo únicas, el espejismo es tal que una persona un poco reflexiva se dirá por fuerza: «Estoy lejos de estar dotado de esas cualidades excepcionales y es probable que el otro también; démonos cuenta de lo que es; amemos lo que es.» Yo los llamarí­a, casi un «ágape», en el sentido evangélico del término, en el que, por cierto, los sentidos tienen un papel, pero se necesita mucha abnegación. ¿Es exactamente lo que se llama amor en Francia? No lo creo.

¿Qué es el amor «por simpatí­a»?

Digamos que es el sentimiento profundo de ternura por una criatura, cualquiera que sea, que participa de los mismos azares, las mismas vicisitudes que nosotros. Esto lo siento con mucha fuerza, pero no es con exactitud lo que la gente llama amor en las novelas o en el teatro. Por otra parte, no se trata del tan mal llamado «amor platónico»; se trata de un ví­nculo, carnal o no, siempre sensual, se haga lo que se haga, pero en el cual la simpatí­a puede más que la pasión. Debo decir también que hay una cosa que siempre me ha molestado mucho en la noción francesa del amor, y es la ausencia de lo sagrado, el hecho de que, por nuestra educación cristina, o digamos poscristiana, por la psicologí­a que nos precede desde hace quinientos años, hemos perdido el sentimiento de que el amor… o más simplemente, que los lazos sensuales son sagrados. Esa correspondencia sensual es sagrada, porque es uno de los grandes fenómenos de la vida universal. Al contrario de la esposa hindú, que tiene la sensación de ser una diosa, de representar por un instante a Siva unida a Rama, la mayorí­a de los amantes no sienten nada parecido; al contrario, si por azar uno de ellos tiene ese sentido de lo sagrado, es dudoso que el otro lo sienta en el mismo momento. Hay más bien un trasfondo en el cual la sensualidad es juzgada grosera. Lo sagrado parece bastante ausente, remplazado por la mojigaterí­a o por el desenfado.

¿Este sentimiento ha existido alguna vez en una civilización cristiana?

Jamás, me parece. Quizá ni siquiera en una ceremonia nupcial. Hubo siempre una especie de tirantez, de hostilidad, de duda, de desaprobación respecto de la carne. No obstante, es posible que los griegos hayan tenido ese sentimiento de lo sagrado. Tuvieron sumo respeto por el casamiento. En la práctica, ¿cuál es el resultado? Se debe pensar, ante todo, que el casamiento griego –voy a decir algo aparentemente escandaloso– es casi una pederastia. La muchacha tiene catorce años, el marido treinta, hay una diferencia de casi una generación, lo que por cierto hace al hombre dominador, en el campo sentimental y en todos los demás; no es una cuestión de inferioridad femenina, es una cuestión de edad, como en todas las formas que tomó el amor en los griegos.

La forma más acabada (¿pero hasta qué punto fue corriente en la práctica?) es evidentemente el Maithuma hindú. El amante que se habitúa a la presencia de la mujer amada, quien por otra parte, es en general una profesional, pasa la noche con ella, en la misma habitación, la viste y la desviste, de suerte que se llega por fin a una intimidad cada vez más grande y cada vez más sagrada, antes de la unión completa, pero esto es muy complejo, es una obra de arte. Es la unión divina a través de una persona.

Al lado de esto, existe lo que llamarí­a el amor de caridad, en el que casi se podrí­a amar a cualquiera, simplemente porque uno se dice: «Es un pobre ser como yo, alguien que conoce las mismas esclavitudes, los mismos peligros, el mismo fin.» Es lo que más comprendo, pero no veo ningún ejemplo en la literatura, sino el del prí­ncipe Genghi, en la novela de Shikibu, acordando sus favores de Don Juan adulado por las mujeres, a la princesa fea, de nariz colorada. Por razones por otra parte muy naturales y fisiológicas, parece muy difí­cil que sea ejercido por el hombre.

En una época como la nuestra, muy descristianizada ¿no está justamente recreándose una suerte de divinización del placer?

Sí­, pero en general como un fin en sí­, no como un instrumento de conocimiento, o como instrumento de simpatí­a, y todo lo que es un fin en sí­, termina mal. Se deberí­a restablecer el sentimiento de que es una ví­a de acceso hacia el conocimiento, o una ví­a de acceso hacia Dios, si se quiere utilizar ese término, o hacia otro ser en toda su pobreza divina. Estoy segura de que es posible, aunque nunca haya sido practicado ni aun sentido como tal por los poetas o los novelistas europeos. Quizá los rusos se acercan un poco, pero estoy segura de que es posible, y que a veces es vivido por gente muy simple. Hay algo de esto en un personaje de Flaubert muy desdeñado, y muy conmovedor a su manera: el señor Bovary.

Esto nos aleja mucho del amor según la novela francesa, del amor que Félix de Vandenesse cree sentir por Madame de Mortsauf, justamente, y que es una forma artificial de la adoración. En el mejor de los casos, es un amor por Dios que se equivoca de objeto, o que pasa a través de una serie de cristales reflectantes románticos.

cobertaojosabiertosPero en la novela francesa, el amor es siempre desdichado…

Sí­, y por la fuerza, ante todo porque es casi siempre un amor de vanidad. Esto continúa, aun a través de nuestra época de feminismo. Hace un tiempo, una revista para mujeres, el F. Magazine, publicó una de mis Nouvelles orientales (Relatos orientales), El último amor del prí­ncipe Genghi. Por supuesto, escribí­ una amistosa carta a Madame Serva Schreiber, donde le decí­a: «Estoy algo sorprendida de que haya presentado a sus lectoras a una mujer tan abnegada, tan tierna, tan humilde. Debieron sentirse molestas.»
La respuesta que recibí­, que a su modo era lógica, me afirmaba que era, por el contrario, una excelente lección: «No sean demasiado abnegadas, miren lo que ocurre cuando una se sacrifica por un hombre.» Sin embargo, yo pienso que la dama de la Aldea-de-las-flores-que-caen, en El último amor del prí­ncipe Genghi, es un personaje ejemplar. Es verdad que sufre cuando comprende que el prí­ncipe, en su lecho de muerte, ha olvidado sus primeros amores. Evidentemente, es penoso para ella, pero al fin ha regresado a él, que se habí­a quedado ciego, lo cuida, lo atiende, lo ayuda a morir. Ha cumplido entonces a la perfección el papel de amante para el que estaba hecha y todo está en orden. Que recuerde o no sus lejanos primeros amores no tiene importancia.

Si usted tuviera que escribir hoy Alexis, la novela tendrí­a, sin duda, una forma completamente diferente. Según usted, ¿el problema que enfrenta existe aún?

Ya no se plantearí­a en los mismos términos, pero existirí­a. Estarí­a quizá falseado por la misma apariencia de la libertad de las costumbres, quiero decir una libertad más imaginaria que real, pues se trata más bien de una moda, o de una costumbre social, que de una realidad. Creo que, vistas de cerca, las pretendidas liberaciones no modifican mucho los problemas prácticos. Quizás en algunos medios, pero es probable que no en el de Alexis, y menos con su temperamento escrupuloso. Si hubiera escrito Monique, seguramente hubiese mostrado a Alexis volviendo a encontrar a su mujer y volviendo a perderla en el curso de la vida, feliz unas veces, y desdichado otras en el camino que ha elegido, porque nunca nada es perfecto, y nada termina, pero en el fondo, habí­a dejado de interesarme por el destino de esa pareja.[/lang_es][lang_en]ESTAR magazine gives readers an advance exctract of Whith Open eyes, by Margarite Yourcenar. (Plataforma Publishers)Marguerite Yourcenar (Brussels, 1903 – U.S.A., 1987) was a novelist, poet, playwright and French translator and the first woman to be admitted to the exclusive French Academy. She began her literary career in 1929, with her novel Alexis. But her most famous books are Hadrian’s Memoirs  and Opus Nigrum. Matthieu Galey, a reporter from L’Express, accomplished acceptance by the writer to carry out a series of interviews which Marguerite Yourcenar revised carefully and signed with her name. She gave a lucid and penetrating picture of her life, writings, the literary world and current affairs. These recollections and opinions have now been published by Plataforma Editorial.

In alexis, there is a subject that I think is very important, because it reappears frequently in other books, and that is the distinction you make – or rather that he makes – between pleasure and love.

Yes, it’s true. It reappears in Hadrian, although in his case, he conquers his fate as a lover. He is a man of innumerable carnal experiences, who falls in love at first sight late in life. That is not strange, one can say that this can be seen in the lives of many people, but we should also count on what I call the «dark life parts», which I believe to be necessary in any long novel. Hadrian as a youth, Hadrian of the armies (I think about that friend he talks about, «dragging himself on blood-stained legs») has surely been in love. He loved, or at least felt a great inclination for young women between the ages of twenty and thirty, as he himself confesses. Afterwards, he acknowledges that those loves were then seized by forgetfulness and scepticism… However, when Hadrian gets older – he is forty-seven – he meets Antinoo; no doubt in a very short time, with phases of emptiness and troughs in his emotional state that he himself acknowledges, he has the feeling of a unique encounter that death is to seal later on. Additionally, we should talk about those moments of being tired of being in pain, when Hadrian feels «bewitched» by that recollection and suffers from it. Here we could make a distinction between pleasure and love through the inadequacy of the language. Without doubt there is a merging of the two.

In Alexis, I believe this distinction was, particularly, a very strong reaction against the topical French «amour» which I feel, I continue to feel, rings untrue. The French have stylized love to some extent, they have created a certain style, a certain form of love and then they have believed in it, they have forced themselves to live it a certain way, when they would have lived it a totally different way if they had not had all that literature behind them. Only in France, I believe. Franí§ois de La Rochefoucauld was able to say that «there are many people who would not have fallen in love if they had not heard about love». I don’t think this makes much sense here, nor does it in many parts of the world. It’s not the same in France because everyone is subjected to that literary notion of love, emotion, sensuality, jealousy, ambition, that is, the desire to be successful with a woman; in other words, love í -la-franí§aise, which goes from Andromache to sentimental education. There are many conventionalisms.

Alexis makes an effort not to mix these feelings. First one has to know what is understood by love. If what is understood by love is adoration of a being, the conviction that two beings are made for each other, that they mutually correspond through qualities in some way unique, the mirage is so real that a person who is not very reflexive will say: «I am far from being endowed with those exceptional qualities and most probably, so is the other person; let’s be aware of what he is; let’s love what he is». I would call it almost a feast, in the evangelical sense of the term, in which, indeed, the senses play a role, but a lot of denial is necessary. Is that precisely what is called love in France? I don’t think so.

What is «sympathetic love»?

Let’s say that it is a profound feeling of tenderness for a creature, whatever it is, that partakes in the same luck of the game, the same hardships as we do. I feel this very strongly, but it is not exactly what people call love in novels, or in the theatre. On the other hand, it is not the so wrongly-named «platonic love»; it is a bond, whether carnal or not, always sensual, come what may, but in which sympathy overrides passion. I should also say that there is something that has always bothered me a great deal in the French notion of love and that is the absence of it being sacred, the fact that, on account of our Christine education, or let’s say, post-Christian, the psychology that has preceded us for five hundred years, we have lost the feeling that love… or more simply, that the sensual ties are sacred, even everyday dealings. This sensual correspondence is sacred because it is one of the great phenomena of universal life. Contrary to the Hindu wife who has the sensation of being a goddess, of representing for an instant Siva united with Rama, the majority of lovers do not feel anything like that, if by any chance one of them has that feeling of sacredness, it’s doubtful whether the other feels it at the same time. Rather, there is a background in which sensuality is judged as rude. Sacredness seems much removed, replaced by prudishness or a lackadaisical attitude.

Has this feeling ever existed in Christian civilization?

Never, I think. Perhaps not even in a marriage ceremony. Never ever. There was always the sense of a kind of disapproval with regard to the flesh. Nevertheless, it is possible that the Greeks had this sense of the sacred. They had deep respect for matrimony. In practice, what is the result? One must think, above all, that Greek marriage – I am going to say something apparently scandalous – is almost pederasty. The bride is fourteen, the husband thirty, there is a difference of almost a generation, which does indeed make the man dominant, in love matters and in everything else; it’s not a question of feminine inferiority but one of age, as in all the forms that the Greeks took love.

The most polished form (but up to what point was it normal practice?) is obviously the Hindu Maithuma. The lover who becomes used to the presence of the loved woman who, incidentally, is generally a professional, he spends the night with her, in the same room, he dresses and undresses her, so that an ever increasing intimacy is arrived at, ever more sacred, before the complete union, but this is very complex, it is a work of art. It is the divine union through a person.

Alongside this, there is what I would call charitable love, in which one could love almost anybody, simple because one tells oneself: «He is a poor creature like me, someone who has felt the same slavery, the same dangers, the same end». This is what I understand best, but I see no example of it in literature, rather it’s Genghi the prince, in Shikibu’s novel, granting his favours as a Don Juan flattered by the women to the ugly, red-nosed princess. On the other hand, for very natural and physiological reasons, it would seem difficult for this to be exercised by a man.

In an era like ours, so de-Christianized, isn’t there just a sense of enjoyment, a kind of making pleasure divine?

Yes, but in general as an end in itself, not as an instrument of knowledge, or as an instrument of sympathy, and all that is an end in itself, ends up badly. The sense of what is an access route to knowledge or a pathway towards God, if one wishes to use that term, or towards another being in all its divine poverty should be re-established. I am sure it is possible, although it has never been practiced or even felt as such by European poets or novelists. Perhaps the Russians came a little close, but I’m sure it is possible and that at times it is experienced by very simple people. There is a bit of it in a character of Flaubert’s, very scorned and, in his own way, very touching: Monsieur Bovary.

This takes us very far away from love according to French novels, from the love that Félix de Vendenesse believes he feels for Mme. De Mortsauf, precisely and which is an artificial form of adoration. In the best of cases, it is a love of God that mistakes the object, or which passes through a series of romantic reflecting mirrors.

Worse still, in French novels, love is always ill-fated.

Yes, and it is forced to because, above all it is almost always a love of vanity. This continues still through our era of feminism. Some time ago, a women’s magazine, F. Magazine, published one of my Nouvelles Orientales (Oriental Tales), «The Last Love of Prince Genghi». Of course, I wrote a friendly letter to Mme. Servant Schreiber saying: «I am rather surprised that you have presented to the readers such a self-sacrificing, vulnerable and humble woman. They must have felt annoyed.»

The reply I received, which from her point of view was logical, assured me that, on the contrary, it was an excellent lesson: «Don’t be too self-sacrificing, look what happens when one makes sacrifices for a man,» Nevertheless, I think that the lady of the Village-of-the-Flowers-that-Fall, in «The Last Love of Prince Genghi» is a model character. It is true that she suffers when she understands that the prince, on his death-bed, has forgotten his early love. Obviously it is painful for her, but at last she has returned to him, he had gone blind, she looks after him, cares for him, helps him to die. She has fulfilled to perfection the role of lover, she has done all she should and all is in order. Whether he remembers or not his far-off early love-making, is of no importance,

If you were to write Alexis today, the novel would, undoubtedly, be completely different. In your opinion, would the problem he is faced with still exist?

It would not be set out in the same terms, but it would still exist. It would maybe be falsified by the same appearance of the liberty of customs, I mean a liberty more imaginary than real, since it is rather a fashion or a social custom than a reality. I believe that seen from close-up, intended liberations do not modify very greatly practical problems. Maybe in some milieu, but probably not in Alexis’s, and even less so with his scrupulous temperament. If Monique had written it, she would most likely have shown Alexis finding his wife again and again losing her in the course of his life, happy at times, at others unhappy on the path he had chosen, because nothing is ever perfect and nothing ends, but basically, I was no longer interested in the fate of that pair.
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