El Fado, el canto tí­pico de Lisboa, sigue más vivo que nunca


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El Fado, del latí­n fatum, tiene sus orí­genes en los cánticos de las mujeres portuguesas que despedí­an a sus hombres cuando tení­an que salpar al mar afrontando un destino incierto. Con el tiempo las letras y hasta sus cantantes ahora también hombres, han ido cambiando pero siempre manteniendo el mismo sentimiento e intensidad.

Es una música muy expresiva, prima hermana del flamenco más inspirado, donde lo importante es la fuerza del lamento, que sea un suspiro directo del alma.  En Lisboa, sus cantantes viven su profesión con el más pasional de los amores, haciendo un desprecio absoluto a temas como el éxito o al dinero y alabando la vitalidad, el misterio, la poesí­a, el arte, la gracia, la buena música y, a veces, ofreciendo incluso un poco de sabidurí­a y amor.

Este género musical tan peculiar tubo ya su momento de esplendor cuando habí­a la gran cantante Amália Rodrigues. Pero el Fado ha vuelto para quedarse, nunca ha tenido tantos seguidores dentro y fuera del paí­s como ahora, los jóvenes lo estudian en los conservatorios y los locales se llenan de cantantes que dejan noche tras noche su alma al descubierto.

Cada una de las nuevas promesas de este arte tiene su pureza personalizada, todo vale en las Casas de los Fados. Ya sea el desgarro de una voz a capela, acompañada con guitarra y danzas, o el juego de las palabras, los sonidos de las letras o los temas más mundanos interpretados con una exquisita vivacidad.

En Lisboa existe un museo dedicado a esta canción tan evocadora, y la capital del Tajo cuenta con numerosas tabernas para disfrutar de este sufrimiento. En España el periódico Público editó discoslibro del Fado vendiendo más de 50.000 ejemplares y postulando así­ el género, lejos de los prejuicios de arte de folklore de pandereta.

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