Eurostars Hotels adelanta un extracto de la nueva novela de Eduardo Mendoza, ‘El asombroso viaje de Pomponio Flato’


pomponio.jpgQue los dioses te guarden, Fabio, de esta plaga, pues de todas las formas de purificar el cuerpo que el Hado nos enví­a, la diarrea es la más pertinaz y diligente. A menudo he debido sufrirla, como ocurre a quien, como yo, se adentra en los más remotos rincones del Imperio e incluso allende sus fronteras en busca del saber y la certeza. Pues es el caso que, habiendo llegado a mis manos un papiro supuestamente hallado en una tumba etrusca, aunque procedente, según afirmaba quien me lo vendió, de un paí­s más lejano, leí­ en él noticia de un arroyo cuyas aguas proporcionan la sabidurí­a a quien las bebe, así­ como ciertos datos que me permitieron barruntar su ubicación. De modo que emprendí­ viaje y hace ya dos años que ando probando todas las aguas que encuentro sin más resultado, Fabio, que el creciente menoscabo de mi salud, por cuanto la afección antes citada ha sido durante este periplo mi compañera más constante y también, por Hércules, la más conspicua.

Pero no son mis infortunios los que me propongo relatar en esta carta, sino la curiosa situación en que ahora me hallo y la gente con la que he trabado conocimiento.

Mis averiguaciones me habí­an llevado, desde el Ponto Euxino al territorio que, partiendo de Trapezunte, se extiende al sur de la Cilicia, a un lugar donde existe una extraña corriente de agua oscura y profunda, que al ser bebida por el ganado vuelve las vacas blancas y las ovejas negras. Después de un dí­a de viaje a caballo llegué solo al lugar por donde discurren esta agua, me apeé y me apresuré a beber dos vasos, ya que el primero no parecí­a surtir ningún efecto. Al cabo de un rato se me enturbia la vista, el corazón me late con fuerza y mi cuerpo aumenta groseramente de tamaño a consecuencia de haberse interceptado los conductos internos. En vista de este resultado, emprendo el camino de regreso con gran dificultad, porque me resulta casi imposible mantenerme sobre el caballo y más aún orientarme por el sol, al que veo desplazarse de un extremo a otro del horizonte de un modo caprichoso.

Llevaba un rato así­ cuando oí­ una poderosa detonación procedente de mi propio organismo y salí­ disparado de mi cabalgadura con tal violencia que fui a caer a unos veinte pasos del animal, el cual, presa de espanto, partió al galope dejándome maltrecho e inconsciente.

No sé cuánto tiempo estuve así­, hasta que desperté y me vi rodeado de un numeroso grupo de árabes que me miraban con extrañeza, preguntándose los unos a los otros quién podí­a ser aquel individuo y cómo podí­a haber llegado hasta allí­ por sus propios medios. Con un hilo de voz les dije que era un ciudadano romano, de familia patricia y de nombre Pomponio Flato, y que, de resultas de una ligera indisposición, me habí­a caí­do del caballo.

Habiendo escuchado atentamente mi relato, deliberaron un rato sobre cómo proceder, hasta que uno dijo:

– Propongo que le robemos lo que todaví­a lleva encima, que le demos por el culo reiteradamente y que luego le cortemos la cabeza como suele hacer con los viajeros nuestra pérfida raza.

(…)

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