La edad de plata de la novela negra


ilustracionSe cumplen 200 años del nacimiento de Poe, el creador del género policial que darí­a origen a la novela negra, vuelve a amenazarnos el fantasma de la recesión que estuvo en el origen del género y nuevos autores, festivales y premios literarios dan muestra de la vitalidad de la novela negra, que resurge adaptada a los tiempos, quizá menos áspera y violenta, pero más desengañada o escéptica y, por ello, igual de crí­tica.

Texto: Carlos Suárez. Ilustración: Miguel Machine. Edición Gráfica: Cordon Press

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Edgar Allan Poe hubiera cumplido este enero 200 años. Vivió sólo 40 en los que alcanzó a escribir una veintena larga de relatos, pero le bastaron tres (Los crí­menes de la calle Morgue, La carta robada y El misterio de Marie Rogíªt) para ser considerado el creador del género policí­aco: «Hablar del relato policial es hablar de Edgar Allan Poe, que inventó el género», Borges dixit.

Esos tres relatos fueron suficientes para sentar las bases de lo que se denomina novela-enigma o novela-problema (una trama en la que todo gira alrededor de un crimen que debe ser resuelto) y para crear a Dupin, el primer investigador que utiliza la lógica para resolver el misterio.

A partir de Poe, el género se extiende a la novela y va consolidándose de la mano de autores que construyen en ocasiones prodigiosos personajes: Arthur Conan Doyle (Holmes), G.K. Chesterton (Brown), Agatha Christie (Poirot) o Maurice Leblanc (Lupin), pero es una novela cerebral, un puro divertimento deductivo, un juego de salón.

Habrá que esperar a los años veinte para que el género policí­aco dé origen a la novela negra. Es entonces cuando la Ley Seca, el desarrollo de las mafias y la corrupción y el crack del 29 –tan cercano ahora a nuestra realidad– provocan el auge de las revistas policí­acas sensacionalistas, impresas en papel de baja calidad, las llamadas pulps.

Entre ellas está Black Mask, donde publicarán sus primeros relatos Dashiell Hammett y Raymond Chandler, y allí­ será donde nacerá la novela negra, donde –parafraseando la cita de Chandler sobre Hammett– el crimen es extraí­do del jarrón veneciano para ser arrojado al callejón.

club-del-misterioDe las pulps hereda la novela negra el llamado hard boiled –algo así­ como estilo duro–: altas dosis de sexo y de violencia, acción trepidante y diálogos en jerga callejera. Las tramas dejan de ser asesinatos ingeniosos para convertirse en brutales y el crimen ya no es un hecho accidental que rompe la plácida armoní­a de las clases altas, sino parte habitual de la realidad social. El nuevo protagonista –el detective– ya no depende sólo de su capacidad lógica; ahora se ve obligado a remangarse y mancharse de barro.

No es un burgués ocioso, sino un tipo duro, solitario, agobiado por problemas económicos, escéptico y con cierta aura de perdedor. Pero, sobre todo, es un personaje que no se somete a las normas, que actúa con sus propias reglas, convencido de que un sistema legal corrupto no hará justicia. Esa inmersión en la realidad social y esa mirada amoral del protagonista acaba por poner al desnudo una sociedad en la que el dinero y el poder son –aparte del móvil del crimen– los ejes de las relaciones humanas. Ha nacido la novela negra, algo así­ como la novela social de la literatura policiaca.

Es Hammet quien inaugura el género con sus cuentos en Black Mask, donde aparece ya el Agente de La Continental, basado en su experiencia como detective y protagonista después de Cosecha Roja y La maldición de los Dain. Le seguirán el célebre Sam Spade de El halcón maltés y Nick y Nora Charles (El hombre delgado), obras en las que despliega ese objetivismo impresionista, capaz de diseccionar la realidad.

Raymond Chandler dará a la novela negra el personaje del detective privado Philip Marlowe, pero sobre todo un distanciamiento irónico y cí­nico más demoledor que cualquier denuncia.

el-carteros-siempreChester Himes –padre de los detectives Ataúd Johnson y Sepulturero Jones– aporta el tono sarcástico y la visión fatalista, propia de un negro nacido en el sur, que ha frecuentado los bajos fondos, mientras que Ross MacDonald, creador de Lew Archer, destacará por la profundidad psicológica de la que sabe dotar a sus personajes. James M. Cain (El cartero siempre llama dos veces) es quizá quien, junto con David Goodis, mejor traza otro de los arquetipos del género: la mujer fatal, que traerá la desgracia al protagonista.

La lista podrí­a ser interminable (James Ellroy, Horace McCoy, Hadley Chase, Peter Cheyney), pero limitémonos a destacar por último a Patricia Hihgsmith, autora de Extraños en un tren y creadora de Tom Ripley, quien con sus personajes cí­nicos y amorales representa más claramente el giro ético de la novela negra; y Jim Thompson, autor de 1.280 almas, la última obra clásica del género, en la que la honestidad personal del protagonista desaparece para dejar paso a personajes movidos sólo por sus miserias.

Fuera de Estados Unidos puede citarse a Boris Vian, autor de la sangrienta Escupiré sobre vuestra tumba, a George Simenon y su comisario Maigret, a quien algunos dudan en encuadrar en la novela negra, o a Giorgio Scerbanenco, creador de Duca Lamberti, médico reciclado en detective ocasional.

A mediados de los años sesenta la novela negra comienza a languidecer y a diluirse. Los elementos del género pasan a ser de dominio universal y el modelo clásico se difumina.

Sin embargo, en los últimos años puede hablarse de un renacimiento –incluso una edad de plata– de la novela negra: autores y obras con una visión menos áspera o dura de la realidad, pero probablemente más escéptica y en buena medida igual de crí­tica.

Podrí­amos destacar a Donna Leon, creadora del comisario Brunetti, agobiado por los problemas familiares y con el descreimiento de quien está obligado a combatir el crimen en un sistema que sabe corrupto. A Andrea Camilleri, padre del comisario Montalbano, lector infatigable y gastrónomo –en homenaje a Vázquez Montalbán– y rodeado de una curiosa cohorte de ayudantes. O al sueco Henning Mankell, creador del inspector Kurt Wallander, un personaje escéptico, apasionado por su hija y eternamente pendiente una jubilación en la que ve el único modo de alejarse de un mundo que le resulta incomprensible. Son nuevamente tres nombres de una lista en la que deberí­an aparecer también Ian Rankin, Petros Márkaris, Fred Vargas, Sue Grafton o Cormac McCarthy.

perdicionEl género también parece revivir en España. Nacida en las novelas de a duro de la pluma de escritores que en los 50 y 60 imitaban, bajo seudónimo y a tanto el folio, a los grandes autores norteamericanos, ha sabido deslindarse de los clásicos y enraizarse en la realidad española; gracias en buena parte a Manuel Vázquez Montalbán («El primero y el mejor», dice Rafael Conte), quien diera vida a Pepe Carvalho, ex agente de la CIA, izquierdista y gourmet, protagonista de 24 de sus novelas.

Es obligada la referencia a Andreu Martí­n, con una honda preocupación por las relaciones humanas y un acusado sentido moral, o Juan Madrid, en la senda de Chandler, visual y efectista, autor de obras pegadas a la realidad. Pero de nuevo la relación serí­a interminable: Jorge Martí­nez Reverte (con el periodista Gálvez), Francisco González Ledesma (con el comisario Méndez), Lourdes Ortiz (con la detective Bárbara Arenas) o Fernando Martí­nez Laí­nez. Y hay nuevas voces surgidas en los últimos años, como Lorenzo Silva (con sus guardias civiles Bevilacqua y Chamorro) o Alicia Giménez Bartlett (creadora de Petra Delicado).

Hay que mencionar además a escritores que han utilizado elementos del género, como Eduardo Mendoza, o que han hecho incursiones en él: Antonio Muñoz Molina (Beltenebros), Guelbenzu (Un asesinato piadoso) o Isaac Montero (Pájaro en una tormenta).

El cine ha contrituido decisivamente a forjar la imagen del detective negro y también la de la mujer fatal, bella y calculadora, a reflejar los escenarios de la novela negra: bajos fondos de Nueva York o Chicago y despachos de detectives en penumbra, con la luz de neón colándose entre las persianas.

Más allá de las páginas, el cine ha puesto cara de actor a los personajes, a veces la misma: Bogart ha dado vida al Sam Spade de Hammett en El halcón maltés (Huston, 1941) o al Marlowe de Chandler en El sueño eterno (Hawks, 1946) –con un adaptador de lujo: William Faulkner–, que después interpretarí­a Robert Mitchum en Adios, muñeca (Richards, 1975).

La malévola Cora Smith de El cartero siempre llama dos veces, de Cain, ha tenido el rostro de Lana Turner (Garnett, 1946) y de Jessica Lange (Rafelson, 1981, con guión de Mamet) y servirí­a de inspiración para Visconti en Obsesión (1942). Y el cí­nico Tom Ripley de Highsmith tendrí­a sucesivamente las facciones de Alain Delon en A pleno sol (Clément, 1960), Matt Damon en El talento de Mr. Ripley (Minghella, 1999) y John Malkovich en El juego de Ripley (Cavani, 2002), aparte de inspirar a Wenders un tí­tulo mí­tico: El amigo americano.

Por el contratio, William Powell y Myrna Loy son inevitablemente los rostros de Nick y Nora Charles tras las cinco entregas en celuloide basadas en El hombre delgado de Hammett, y Lew Archer llegará a la pantalla con los rasgos de Paul Newman en Harper, detective privado (Smight, 1966) y Con el agua al cuello (Rosenberg, 1975).
Es sólo parte de la relación de la novela negra con el cine: Hammett fue nominado al Oscar al mejor guión adaptado por Alarma en el Rhin (1943).

Chandler serí­a el guionista de Perdición (Wilder, 1944) y de Extraños en un tren (Hitchcock, 1951). De novelas de Ellroy salieron L.A. Confidencial (Curtis Hanson, 1997) y La dalia negra (Brian de Palma, 2006) y Thompson dio el argumento para La huida (Peckinpah, 1972) y Los timadores (Frears, 1990), fue guionista de Atraco perfecto y Senderos de gloria (Kubrick, 1956 y 1957) y el creador de la serie televisiva Ironside.

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