Abre sus puertas en Praga el Museo Kepler


Museo Kepler en Praga

La historia es caprichosa. Para el gran público, Copérnico y Galileo se llevan la fama de la gran revolución de los saberes astronómicos del Renacimiento. Kepler, en cambio, todo un mito para cientí­ficos, astronautas e historiadores, es casi un desconocido para el gran público. Y, sin embargo, Kepler es, de algún modo, el ‘culpable’ de que los satélites diseñados por el hombre pudieran surcar el espacio infinito. Para que eso sucediera en el siglo XX, él empezó a trazar el camino hace ahora 400 años.

La apertura del pequeño Museo Kepler (Keplerovo Muzeum) en la capital bohemia coincide, de hecho, con dos efemérides: de un lado el Año de la Astronomí­a de la UNESCO, y, de otro, los 400 años de la formulación de las leyes de Kepler. Tres eran tres, las leyes del astrónomo alemán, aficando por más de quince años a orillas del Moldova. La primera de estas leyes reza que todos los planetas se desplazan alrededor del sol describiendo órbitas elí­piticas y que el sol se encuentra en uno de los focos. Kepler fue más allá y observó que Marte se moví­a más rápido cuando estaba más cerca del Sol (perihelio) y más lento cuando estaba más lejos. Esto le llevó a formular su segunda ley: a tiempos iguales, el área de barrido que traza un planeta respecto al sol es siempre la misma (ver dibujo).

Segunda ley de Kepler

La tercera ley, la ley armónica, permití­a comprender la relación entre los movimientos de los distintos astros: el cuadrado de los perí­odos de los planetas es proporcional al cubo de la distancia media con el sol. Si aplicamos este mismo principio a la órbita de la luna sobre la Tierra comprendemos por qué siempre vemos la misma cara de la luna.

Los años que pasó Kepler en Praga fueron los más fecundos. Aquí­ es donde realizó sus más fructí­feras observaciones y donde publicó más de una treintena de obras. Sus teorí­as desarrollaron la mecánica celeste, punto de partida de la actual cosmonáutica. Por eso, es ciertamente admirado por los astrónomos, pero especialmente por los astronautas.

El flamante Museo de Kepler (calle Karlova, 4) está ubicado precisamente en el pequeño cuchitril de 22 metros cuadrados donde vivió el astrónomo alemán y donde escribió estas tres leyes que revolucionaron el saber del cielo en la tierra.

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